jueves, 23 de agosto de 2007

La diferencia entre necesidades y deseos


Asistimos estos días a la compulsiva apertura de comercios con el fin de vender rebajados los productos de temporada no vendidos, y pienso en las miles de televisiones de plasma y móviles que se han regalado en las pasadas navidades. Es por ello que nos conviene recordar que la sociedad de consumo nos manipula disfrazando el deseo tras la necesidad. Me pregunto cómo podemos explicar psicológicamente tal actitud de compra compulsiva, y lo voy a intentar reflexionar a continuación.Nacemos con unas necesidades a satisfacer por nuestro entorno inmediato, como pueden ser la alimentación, la higiene, la comunicación. Todos coincidimos en la importancia de atender esas necesidades del bebé y prevenir así enfermedades o carencias que mermen su desarrollo. Pero cuando no sabemos qué le pasa (¿tendrá hambre, sueño, cólicos, sed, necesidad de cariño, ganas de hacer cacas...?), probamos con ofrecerle juguetes, televisión... Así, sin darnos cuenta, le confundimos al mezclar su necesidad con otros estímulos externos. Su necesidad sigue sin ser satisfecha, pero conseguimos mitigar (por el momento) su angustia, y también la nuestra.El silencio empático, pararnos a pensar y observarle quizás nos sintonice con la necesidad del pequeño en ese momento concreto. Necesitamos alfabetizarnos emocionalmente y aprender a tolerar la frustración. Entiendo la frustración como un concepto muy ligado a la esperanza. Si somos capaces de asociar ambos términos, estaremos dotando al niño con recursos que le permitan afrontar las crisis. Esperar y escucharnos nos agudiza el sentido, y aunque no acertemos a la primera aprenderemos a distinguir el tipo de lloro y la necesidad inherente.Pasando ahora a escenarios adultos, podríamos argumentar el deseo, como aquél que viene de la mano de un estímulo externo, bien de forma real o imaginaria y nos provoca un movimiento hacia la satisfacción. Vamos incorporando nuevos estímulos que obligan a satisfacer más exigencias para «ser felices».
La felicidad se define como el estado de satisfacción ante las necesidades, es decir, sentirse satisfecho. Aquí diferencio de forma categórica el placer y la satisfacción. Quizás vivimos en una sociedad en la cuál fomentamos la búsqueda de placer de forma hedonista (rayando el narcisismo). Tener la sensación de «estar en el camino de la autorrealización personal» genera satisfacción personal que en ocasiones no viene de la mano del placer, pero que aún y todo, le deja a uno satisfecho. Desde un argot más sexual y urbano puedo explicarlo más nítidamente al observar la clara diferencia entre «hacer el amor» y «practicar el sexo», ¿no tiene nada que ver! El placer genital sin integrar el abandono emocional, es algo de lo que ya nos hablo largo y tendido W. Reich en el siglo anterior. Pues bien, cuantos más deseos incorporamos a nuestro ser, más dependemos para estar felices. Si al pequeño en cuestión (anteriormente analizado), le acostumbramos a estar viviendo la vida a través de la tele o generándole expectativas de placer a partir de comprar tal o cual cosa, estamos colocándole en el estar más pendiente de lo que ocurra fuera de sí, en lugar de invitarle a escuchar lo que proviene de su interior. Hoy en día, nos encontramos muchos casos en los cuáles la intolerancia a la frustración desarrolla en los adolescentes (incluidos los de cuarenta años), una clara incapacidad manifiesta para aceptar las dificultades en la vida. Surgen así, trastornos adictivos, dependencias infantilizantes o angustias neuróticas ante los reveses que la vida nos va poniendo de forma natural. Educamos para la vida inmortal y no recordamos la muerte como espejo para integrar también nuestra humanidad finitaSi analizamos nuestras necesidades, observaremos perplejos que a menudo no sabemos muy bien qué queremos. Aprendemos a interpretar cuando el rostro de nuestros padres está serio si hacemos algo que les disgusta, y entonces descubrimos qué es lo que quieren ellos. Comprobamos que la necesidad de seguridad y el miedo al abandono van perfilando nuestra identidad hasta el punto de domesticarnos en las rabietas. Luego en la vida adulta, el mundo es el reflejo de esos rostros que nos cincelaban sin saberlo, pues ellos también fueron víctimas del amor condicional.
Entonces, saber cuál es nuestra necesidad empieza a complicarse, pues por un lado está lo que ahogamos por miedo y por otro lado, tenemos lo que nos han vendido como sucedáneo de felicidad. Nos perdemos en dar respuesta a lo que el mundo espera de nosotros y abrimos así las puertas a la frustración. ¿No nos estaremos prostituyendo para obtener el reconocimiento compulsivo del «otro»? La moda, la imagen, el agradar, el sentirnos originales, el poder de atraer ¿No serán el fruto de tantos años deseando el reconocimiento afectivo? Quizás la salida esté en autorreconocernos en nuestra necesidad e intentar satisfacerla sin disfraces egoicos.Reitero mi opinión, al decir que no resulta fácil distinguir la propia necesidad, máxime cuando está condicionada por los deseos de los demás para con nosotros. Al conectarnos con nuestra necesidad, aprendemos a valorarnos, a cuidarnos, a no obstaculizarnos, a protegernos, abandonar adicciones, buscar una armonía afín a lo que necesitamos. No perdernos en deseos sustitutivos de una hipotética felicidad futura, sino en habitarnos en el presente de nuestras sensaciones vitales.En fin, no busco radicalizar al lector empujándolo hacia el frente de la necesidad y colocarlo en contra del deseo. Entre otros motivos, porque también necesitamos desear. Entiendo la conveniencia de encontrar un equilibrio entre ambas y el equilibrio no es precisamente una media estadística. De la misma manera que a veces el 50% del artículo rebajado, no coincide con el mismo precio que aparecía hace dos meses. Misteriosamente se ha trasformado el precio inicial de venta, para que nuestro ego crea haber comprado más barato.

PATXI IZAGIRRE - "Diario Vasco" - 11-Febrero-2007